Síndrome del viajero de la clase turísta

Dr. José Luis Palma Gámiz

Director del Servicio de Cardiología

 La mayoría de los “veraneantes” no concibe unas vacaciones, sean estivales o no, sin un viaje aéreo más o menos largo, cuanto más exótico y lejano, mejor, aceptando resignadamente el largo tiempo de enclaustramiento en la panza de un gran pájaro de metal donde las condiciones ambientales pueden resultar, ocasionalmente, perjudiciales para la salud.

El síndrome

El síndrome del viajero de la clase turista fue descrito a finales del pasado siglo en algunos pasajeros quienes tras un largo viaje en avión sufrían trastornos vasculares de tipo venoso con piernas pesadas e inflamadas por edema y, excepcionalmente, con trombosis venosas agudas en los miembros inferiores que, en las peores circunstancias, podrían dar lugar a un episodio de tromboembolismo pulmonar de consecuencias muy graves. Lo veremos a continuación.

Fisiopatología del síndrome

El síndrome suele aparecer durante el vuelo, tras desembarcar o en la horas siguientes después de haber pisado tierra y haber caminado durante un tiempo, incluso durante varios días. Con posterioridad se vio que no solo los viajeros de la clase turista son susceptibles de sufrirlo, sino también los de clase preferente o gran clase. Para ello, sólo tiene que coincidir que el individuo esté durante mucho tiempo sin mover las piernas dentro del avión, lo que ralentiza la circulación de la sangre en los miembros inferiores dando lugar a la formación de coágulos dentro de una vena principal, generalmente la safena, y que al iniciar la marcha, los músculos de las piernas con la deambulación compriman las venas, movilizando el coágulo, el cual al ser arrastrado por la corriente sanguínea, asciende por la vena cava inferior hasta el corazón derecho y tras atravesar la aurícula y el ventrículo de ese mismo lado alcance el pulmón a través de la arteria pulmonar, izquierda o derecha, impactando y ocluyendo la circulación pulmonar en un segmento determinado lo que, consecuentemente, producirá un infarto pulmonar, conocido como tromboembolismo pulmonar agudo de consecuencias, por lo común, graves o muy graves.

El síndrome suele afectar a pacientes con patologías previas predisponentes a la trombosis venosa profunda y consecuentemente al tromboembolismo pulmonar.

En su origen se dan tres circunstancias clave que al presentarse simultáneamente incrementan notablemente el riesgo. En primer lugar, por causa de la inmovilidad de los miembros inferiores a la que el pasajero se ve obligado por ocupar un espacio muy reducido en la llamada clase turista que yo llamaría “clase trombogénica”. Junto a ello, la deshidratación de mayor o menor grado motivada por la escasa ingesta de líquidos y los bajos niveles de humedad en el interior de la cabina del avión (habitualmente menos del 25%) que vuelven la sangre más espesa, es decir, más tendente a la formación de un coágulo. Y en tercer lugar, por la caída de la presión atmosférica de cabina con bajos niveles en la presión parcial de oxígeno que perjudica el metabolismo aeróbico, disminuyendo en el pasajero la saturación de oxígeno en sangre arterial y promoviendo al mismo tiempo la aparición de factores procoagulantes. Es decir, bajo estos tres condicionantes se produce la tormenta perfecta que podría concluir con gran trueno a nivel de la circulación pulmonar.

Cuando el piloto informa al pasaje de que “volamos a una altitud equivalente a 1.200 metros” no es del todo exacto, a efectos de presión de oxígeno la altitud de cabina cuando alcanza la altura de crucero es casi el doble de la dada por el comandante de la nave. Ignoro por qué parámetros se guían los navegantes para establecer estos datos.

En personas en buen estado de salud, estas modificaciones ambientales suelen tolerarse bien, salvo un inevitable edema de tobillos en largos vuelos transoceánicos además de una ligera deshidratación manifestada por sed intensa y cefaleas por cambios súbitos de presión atmosférica que provoca los muy conocidos taponamientos de oído con sordera transitoria en el despegue y el aterrizaje.

Por el contrario en personas mayores, con patologías vasculares predisponentes a la coagulación intravascular, en las embarazadas en su tercer trimestre, en los pacientes con antecedentes de enfermedades vasculares (varices, tromboflebitis, infarto de miocardio, ictus, fracturas óseas recientes, cáncer, etc.) las posibilidades de ser víctimas del síndrome del viajero de la clase turista aumentan notablemente. A mayor duración del viaje mayor riesgo de desarrollar el síndrome.

Personalmente he atendido varios casos, tanto en vuelo como en tierra, y créanme que es un asunto médico muy serio que debería obligar a la IATA a revisar las nefastas condiciones que se dan en la mayoría de las aerolíneas en los vuelos en clase turista. No hace mucho, tuve que asistir a un pasajero mexicano de 45 años, sin antecedentes de enfermedad vascular, que tras un vuelo de más de 11 horas en las que permaneció sentado todo el tiempo y sin apenas comer ni beber desarrolló, a los 2 días de permanecer en tierra, un típico síndrome de tromboembolismo pulmonar que afortunadamente se resolvió sin dejar secuelas con reposo y anticoagulantes. En otras ocasiones he asistido a pacientes con taquiarritmias, accesos de angina, crisis de pánico y ansiedad, síncopes vasovagales y otros trastornos similares, siempre sin consecuencias dramáticas. No obstante, episodios de muerte súbita durante el vuelo se comunican todos los años.

La trombosis venosa profunda por síndrome de la clase turista es una patología de baja prevalencia que oscila entre un 3% y un 5% en pacientes de alto riesgo, siendo inferior al 1% para el pasajero sano. La trombosis aparece comúnmente en la venas de los miembros inferiores aunque también se describen en brazos y sobre todo en la cavidad pélvica de las mujeres encinta donde las venas pelvianas y las iliacas están comprimidas por el gran volumen uterino. 

Las situaciones que contribuyen a la formación de trombos, además de las ya comentadas con: inmovilidad durante el vuelo, trastornos previos de la coagulación en la sangre, insuficiencia cardiaca, arritmias cardiacas, antecedentes de enfermedad tumoral, edad avanzada, varices, consumo de contraceptivos orales y terapia hormonal sustitutoria en mujeres post-menopaúsicas, obesidad y sobrepeso, así como traumatismos con fracturas oseas o cirugía reciente. 

¿Cómo prevenir el síndrome?

Vista la fisiopatología del síndrome del viajero de la clase turista, evitarlo es una derivada lógica que puede comprender todo el mundo. Así, es recomendable acceder al avión con ropa y calzado cómodo y amplio habiendo hecho una comida ligera de unas 2 horas antes del despegue. Hay que llevar una botella de agua de contenido proporcional a la duración del viaje. Es una buena norma, aunque no siempre es fácil, elegir los asientos del pasillo para poder moverse sin tanta dificultad e idealmente solicitar un asiento de las puertas de emergencia donde la amplitud entre filas es mayor. Conviene cada 2 horas caminar por los pasillos del avión, hacer sentadillas y extensiones de brazos y cuello y acudir al aseo, aun sin ganas de orinar, para vaciar la vejiga y evitar que ésta comprima las venas de la cavidad pelviana. Al estar sentado conviene no doblar las rodillas en exceso y flexionar y extender los pies movilizando las articulaciones metatarsianas y contrayendo las masas gemelares para movilizar la sangre de las venas enterradas en el espesos de esos músculos. Hay que beber abundantes líquidos, preferiblemente agua, evitando el alcohol y el café por sus efectos protrombióticos y sus acciones deletéreas sobre el estado general de hidratación. 

Si a pesar de tomar estas precauciones aparece dolor en la pantorrilla o en el muslo con coloración azulada, inflamación dolorosa, aumento de la temperatura de la piel, fiebre, dolor opresivo en el pecho o taquicardia con respiración jadeantes, hay que informar de inmediato a la tripulación para que ellos, a su vez, transfiera la alarma al aeropuerto más cercano para desembarcar al pasajero y conducirlo de urgencia a un hospital. 

En alguno folletos informativos se recomienda el uso de dosis profilácticas antitrombóticas de aspirina (75mg) antes de iniciar el viaje. No existen estudios científicos que corroboren su utilidad. 

Por el contrario, se han descrito algunos sangrados digestivos con e uso de ese antiagregante plaquetario con potenciales efectos hemorrágicos. 

Si tienes dudas ponte en contacto con los mejores especialistas.